Mi karma con las playas del norte de España
Cuando viajé al norte de España en plan de buscar el acta de nacimiento de mi antepasado a España, mi idea principal era pasar las mañanas moviéndome entre registros civiles y oficinas parroquiales, y dedicar las tardes a turistear un poco y, en lo posible, meter playa. Porque, al fin y al cabo, también eran mis vacaciones y para mí vacaciones siempre fue sinónimo de mar.
Así que no elegí las playas por su fama ni por ser las más espectaculares, sino simplemente por la cercanía, aunque algunas resultaron ser auténticas joyitas
En este recorrido vamos a pasar por cuatro playas muy distintas entre sí: algunas urbanas y tranquilas, otras escondidas entre paisajes gallegos increíbles. Aunque, lamentablemente, no siempre pude disfrutarlas como hubiese querido.
Porque cada vez que intenté tener un verdadero día de playa en el norte de España, el universo encontró una nueva forma de arruinarme los planes.
De todos modos, creo que ustedes van a tener mejor suerte que la mía.
Advertencia: este es uno de los posts más largos que publiqué en el blog y viene cargado de fotos. Así que prepárense un café, un mate o lo que más les guste y acompáñenme en este recorrido por las playas del norte de España.
Playa del Sardinero, Santander: entre la Belle Époque y la tormenta
Santander fue la primera ciudad costera de mi itinerario después de “Tres días de compras y tapas por Madrid”. Y aunque la experiencia en la capital española había sido muy entretenida, el calor de agosto terminó pasándome factura: entre las altas temperaturas de la calle y los aires acondicionados, terminé con una tos terrible.
Apenas bajé del micro en Santander sentí un alivio inmediato. El clima era mucho más fresco; será por eso que me curé casi automáticamente de mi tos. Todavía hoy no sé si agradecerle al clima cantábrico o al jarabe que me recetó una farmacéutica santanderina que hizo verdaderos milagros.
Llegué en un día nublado y lluvioso… y así se quedó casi toda mi estadía. Las mañanas solían arrancar algo soleadas, pero duraba poco.
Antes de viajar había visto varios videos de la ciudad y tenía en mente conocer la Playa del Sardinero y el famoso paseo marítimo con las estatuas de niños tirándose al agua. Sé que en los alrededores hay playas mejores, pero no me daba el tiempo para ir más lejos.
El día de mi paseo amaneció soleado, aunque yo en vacaciones jamás salgo apurada a recorrer lugares. Me gusta desayunar tranquila, prepararme con calma y arrancar cuando realmente tengo ganas. Así que terminé saliendo cerca del mediodía.
Llegué a la Playa del Sardinero después de una larga caminata por la ciudad. Mientras avanzaba, el cielo empezó a cerrarse y, para cuando llegué, ya caían algunas gotas y soplaba bastante viento.

La Playa del Sardinero es, sin duda, el corazón de Santander. Se divide en dos grandes playas de arena fina y dorada que forman una enorme media luna frente al Cantábrico.

El paisaje tiene algo elegante y melancólico: el mar abierto y las olas constantes contrastan con los acantilados, la vegetación y la arquitectura señorial que rodea toda la zona.
El barrio conserva ese aire de Belle Époque que hizo famosa a Santander como destino de veraneo de la aristocracia española.

A medida que uno camina por la costa aparecen villas históricas, edificios clásicos, jardines prolijos y el emblemático Gran Casino, que domina el paisaje frente al mar.
Todo transmite una mezcla rara entre sofisticación antigua y tranquilidad costera.
El paseo marítimo que bordea la playa está muy cuidado y lleno de cafeterías, restaurantes y bancos para sentarse a mirar el mar. También hay una escuela de surf y todos los servicios necesarios para pasar el día.
Aunque todavía había bastante gente en la playa y algunos se animaban a meterse al agua, con el cielo tan amenazante, no daban muchas ganas de alquilar una reposera y quedarse ahí toda la tarde. Así que decidí seguir hasta el paseo marítimo antes de que largara la lluvia.

Menos mal que lo hice, porque apenas logré divisar el puerto empezó la tormenta.

Caminé apurada por la costanera usando mi “chuvaisqueiro” —palabra gallega para camperita impermeable con capucha— hasta llegar al Paseo Pereda y las famosas estatuas.

Alcancé a sacar algunas fotos antes de que comenzaran los relámpagos y truenos, tan fuertes que parecían explosiones. La gente se lo tomaba con humor; yo, no tanto. Terminé refugiándome en un café, donde aproveché para probar un sobao pasiego con un cafecito mientras esperaba que pasara el temporal.

Mi primer día playero en el norte de España terminó frustrado por la lluvia, pero Santander me dejó la sensación de ser una ciudad costera elegante, clásica y con muchísimo encanto, incluso bajo tormenta.
Además, me recordó una situación que ya había vivido en Capri. En «¿Qué hacer en Capri? Errores que debes evitar», en donde nos perdimos conocer los lugares mas emblemáticos de la isla por llegar tarde. En Santander la historia se repitió: de haber llegado unas horas antes, probablemente habría podido disfrutar de una jornada de playa antes de que cambiara el tiempo.
Si visitan Santander en agosto, mi consejo es simple: vayan a la playa lo más temprano posible ya que el tiempo suele ser muy cambiante.
¿Mar Cantábrico o Mediterráneo?
Después de terminar mis trámites en Santander, me encontré con una sorpresa: había un feriado que no había tenido en cuenta y, de repente, tenía tres días libres antes de empezar la siguiente etapa del viaje en Ourense.
Fue entonces cuando apareció una duda bastante tentadora. Podía aprovechar esos días para escaparme hacia Andalucía, donde me esperaban unos amigos en Granada, o quedarme recorriendo el norte de España.
La idea de combinar ciudadanía y playas mediterráneas sonaba muy bien sobre el papel. Sin embargo, entre el tiempo disponible, el costo de los traslados y la necesidad de estar en Ourense el domingo por la noche, terminé descartando la opción andaluza.
También evalué seguir recorriendo Cantabria y Asturias antes de llegar a Galicia. De hecho, si hubiese contado con un auto, probablemente habría aprovechado para conocer algunos de los hermosos pueblos de la costa cantábrica e incluso visitar lugares tan famosos como la Playa de las Catedrales, en Ribadeo.
🚗 ¿Recorrer el norte de España en auto?
Si tienen pensado visitar varias playas, pueblos costeros y miradores entre Cantabria, Asturias y Galicia, alquilar un auto les dará mucha más libertad para moverse. Algunas rutas son espectaculares y permiten llegar fácilmente a lugares que en transporte público requieren bastante más tiempo.
Sin embargo, trasladarse por esa zona en transporte público no siempre es tan rápido ni sencillo como parece en el mapa. Como tenía pocos días disponibles y debía estar en Ourense el domingo por la noche para continuar con mis trámites, terminé optando por una alternativa más práctica.
Y así fue como Bilbao entró en escena.
No tenía las aguas cálidas del Mediterráneo ni las playas soleadas que me prometían mis amigos, pero después del calor de Madrid y de los días grises de Santander, cualquier posibilidad de pasar una tarde junto al mar sonaba como un plan perfecto.
Lo que todavía no sabía era que mi karma playero recién estaba empezando.
Bilbao: playa urbana de aguas tranquilas y una tragedia tecnológica
Las Arenas: una playa urbana junto a la ría de Bilbao
Mi paso por Bilbao fue breve. Solo iba a estar dos días y el primero prácticamente se me fue entre acomodarme y adaptarme nuevamente al calor.
Además, me alojaba en la zona del campus universitario, como les conté en «Residencias universitarias en España: una alternativa de alojamiento turístico sin ser estudiante», una parte moderna de la ciudad, de arquitectura sorprendente, pero un tanto alejada de los rincones más turísticos.
Así que cuando llegó el sábado tenía una decisión por delante: dedicar el día a recorrer el centro histórico o buscar una playa cercana para aprovechar el buen tiempo.
Y ganó playa.
Buscando opciones cercanas encontré Las Arenas, en Getxo, a unos veinte minutos en metro desde la Estación Intermodal de Bilbao.

No sabía si era la mejor playa de la zona, pero teniendo tan poco tiempo preferí priorizar la cercanía.
La idea era pasar unas horas allí y luego poner rumbo al centro histórico, para terminar el día probando los famosos «pintxos» del País Vasco.
La playa de Las Arenas —también conocida como playa de Areeta— es un pequeño arenal urbano ubicado junto a la desembocadura de la ría de Bilbao, muy cerca del famoso Puente Bizkaia. El entorno combina edificios residenciales, paseos junto al agua y un enorme parque lleno de árboles y bancos mirando hacia la ría.


La playa en sí es bastante pequeña y tranquila. El agua, protegida dentro de la ría, estaba increíblemente calma, casi como una pileta gigante.

Según la luz iba cambiando de color: por momentos celeste y por otros más verdosa por el reflejo de los árboles cercanos. Además, para ser el Cantábrico, el agua no estaba tan fría y en pleno agosto hasta se sentía cálida.

El ambiente era muy familiar y relajado, lleno de gente local pasando la tarde. Eso sí: no esperen una playa con demasiada infraestructura. No había chiringuitos, ni vendedores ambulantes, ni alquileres visibles de sombrillas o reposeras.

Qué llevar a la playa de Las Arenas, Bilbao
Y yo había llegado totalmente improvisada: traje de baño, short y ojotas.
Pensé que podría comprar protector solar o alquilar una sombrilla, quizás porque estoy acostumbrada a las playas de Brasil donde pasan vendedores ofreciéndote de todo. Pero acá no había nadie y yo ya empezaba a aceptar que probablemente terminaría insolada.
Como un milagro apareció una vendedora de bebidas con una heladerita de telgopor. Prácticamente me abalancé sobre ella para comprar agua.
Y poco después llegó el segundo milagro: un vendedor de lonas medio escondido junto al ingreso a la playa.
Fue mi salvación porque, al no tener ni protector solar ni una blusa, la lona me sirvió para cubrirme y no quemarme viva bajo el intenso sol bilbaíno.
Mi breve gloria playera en el norte de España
Antes de comprarla decidí meterme al agua. Como ya me había pasado viajando sola que no podía disfrutar del mar por no tener dónde dejar mis cosas, esta vez había llevado una funda sumergible para el celular. El problema fue que también quise meter la billetera y todo quedó demasiado ajustado.
Cuando salí del agua y quise sacar el dinero para pagar la lona, la billetera se había trabado completamente dentro del estuche. El vendedor me ayudó a sacarla, pero en el intento se salió el cierre plástico que sellaba la funda impermeable. Igual logré volver a colocarlo y no le di demasiada importancia.
Me quedé un rato descansando sobre mi nueva lona y después volví al agua dejando mi billetera escondidas entre mis pertenencias porque el ambiente realmente parecía muy tranquilo, solo me llevé el celular al agua dentro del estuche.

Y la verdad es que esos minutos fueron hermosos. Después de tantos días de lluvia, finalmente sentía que estaba disfrutando una playa del norte de España.
Mi karma volvió al ataque en la playa de Bilbao.
De repente, que se me ocurrió hacerme la influencer de Instagram y empezar a sacar fotos desde adentro del agua.


Feliz con mi momento de gloria playera, hasta que noté unas gotas dentro de la funda. Ahí entendí que el cierre no había quedado bien colocado después de romperse.
Cuando salí del agua la pantalla del celular ya estaba negra.
Y para ser justa con el pobre estuche, la culpa probablemente fue mía por haberlo forzado más allá de su capacidad metiendo también la billetera. De hecho, ya lo había usado antes en Angra dos Reis, incluso tirándome al mar desde un barco, y el celular había sobrevivido perfectamente. Además, existen fundas impermeables más grandes, especialmente pensadas para llevar varias cosas y hasta una tablet.
Intenté secarlo, prenderlo y convencerme de que iba a sobrevivir, pero nunca volvió a funcionar igual.
Y aunque suene exagerado, después de eso se me fueron completamente las ganas de seguir paseando. Ni Puente Bizkaia, ni pintxos, ni recorrida por la zona.
Además, viajando sola dependía muchísimo del celular para orientarme, entrar a los alojamientos y comunicarme con mi familia. Así que terminé pasando mi tarde “ideal” de playa intentando revivir un teléfono ahogado.
¿Vale la pena visitar la playa de Las Arenas?
A pesar de todo, Las Arenas me encantó. No es la típica playa espectacular de postal, pero tiene muchísimo encanto: agua tranquila, ambiente local, un entorno urbano agradable y vistas preciosas sobre la ría.
¿Cruzaría el Atlántico solo para conocerla? Probablemente no.
Pero si están recorriendo Bilbao o la zona de Getxo y les apetece pasar unas horas junto al agua, me pareció una playa muy disfrutable. Sobre todo para quienes buscan un ambiente tranquilo, familiar y diferente de las típicas playas turísticas.
Chancelas: amor a primera vista y baño pendiente cerca de Combarro
Y finalmente llegamos a Chancelas, en la provincia gallega de Pontevedra, uno de mis lugares en el mundo junto con la playa de Itapuã, en Salvador de Bahía. Tal vez no sea la playa más famosa ni la más espectacular del planeta, pero hay lugares con los que simplemente conectás. Apenas llegué sentí esa mezcla rara de paz y felicidad difícil de explicar.
Como en varios de mis destinos anteriores, fui solo por un par de días. Venía de Bilbao: tomé un vuelo temprano a Santiago de Compostela y desde allí un micro hasta Pontevedra. Hasta ese momento todo venía bastante bien, pero el problema —porque claramente siempre tiene que haber uno— apareció cuando me confundí de plataforma y perdí el micro que iba a Chancelas. El siguiente pasaba cuatro horas después.
No estaba dispuesta a desperdiciar medio día en un lugar al que le tenía tantas ganas, así que terminé tomando un taxi. Entre esperas y viaje, llegué al hotel cerca de las cuatro de la tarde. Lo había elegido porque literalmente estaba al lado de la playa, algo que la recepcionista se encargó de remarcar apenas hice el check-in.
Y tenía razón.
Apenas vi el paisaje me quedé sin aliento: pequeñas playas rodeadas de vegetación, hórreos y cruceiros gallegos asomando entre las casas, muros de piedra y la ría extendiéndose tranquila frente a la isla de Tambo.



La playa Chancelas y su vecina Ouriceiras forman un rincón muy sereno de la costa de Poio, con arena clara, aguas calmas y un entorno residencial tranquilo, lejos del ruido de los grandes balnearios.



No son playas enormes ni espectaculares en el sentido clásico. Justamente ahí está parte de su encanto. Todo tiene una escala más íntima y relajada: las bajadas de piedra hacia la arena, las casas mirando al mar, los pequeños caminos entre vegetación y ese ritmo lento tan típico de Galicia.



Corrí a cambiarme, me puse el traje de baño y bajé enseguida a la playa, que estaba literalmente a unos pasos del hotel. Pero mi momento cinematográfico duró poco porque mi estómago decidió recordarme que no había comido nada desde el desayuno en Bilbao. El mar tuvo que esperar y terminé instalada en el chiringuito frente a la playa.
Había mesas y sombrillas sobre la arena, así que me senté a admirar el paisaje mientras esperaba mi comida y sacaba fotos.



La hamburguesa con papas fritas tardó bastante, pero en ese momento me pareció un manjar. La acompañé con una Estrella Galicia, como corresponde.

Mientras el sol empezaba a bajar y una brisa fresca me hacía replantear seriamente mi intención de meterme al agua. Resultado: dejé el chapuzón para el día siguiente.

Error.
Mi último día amaneció fresco, nublado y ventoso, así que pensé que no tenía sentido llevar traje de baño para ir a conocer Combarro. Pero mientras caminaba hacia el pueblo salió un sol insoportable y empezó a hacer muchísimo calor.

Entre el almuerzo frente al mar, la recorrida por Combarro y una cerveza a la tarde, terminé regresando ya casi al atardecer, cuando nuevamente empezaba a correr viento y el momento playa se había escapado otra vez.

Conclusión: no llegué a meterme al mar.
Pero, sinceramente, eso casi terminó siendo anecdótico. Lo que más me quedó de Chancelas fue la sensación de tranquilidad absoluta. La idea de salir del alojamiento, caminar unos pocos pasos y encontrarme con ese paisaje de aguas quietas, vegetación y pequeñas playas gallegas me fascinó. Es uno de esos lugares donde realmente siento que podría desconectar del mundo y descansar de verdad.
Me quedó pendiente volver con más tiempo, quizás diez días o más, alquilando algún departamento cerca de la playa para vivir el lugar con calma. Porque hay destinos que uno visita… y otros a los que ya sabe que va a querer regresar.
Cangas do Morrazo: mar azul, playas soñadas y aguas «un poquito» frías
Llegamos a la última —y probablemente más linda— playa de esta saga: las playas de Cangas do Morrazo, en la provincia de Pontevedra, muy cerca de Vigo.
Se llega fácilmente en ferry desde el puerto vigués y, sinceramente, el viaje ya vale la pena por sí solo. El mar de la ría tiene un azul intenso impresionante y en apenas unos veinte minutos uno pasa del movimiento urbano de Vigo a un ambiente mucho más tranquilo y marinero.
Yo estaba instalada en Vigo durante una semana, aprovechando el receso del archivo diocesano de Ourense donde iba a buscar actas y también escapando un poco del calor sofocante de esa ciudad. Mi otro gran objetivo era encontrar playa.
Había elegido Vigo porque los alojamientos eran bastante más económicos que en Sanxenxo o O Grove, dos clásicos del verano gallego, y viendo el mapa parecía una base ideal junto al mar. Además, desde allí podía visitar las Islas Cíes y playas tan conocidas como Samil. Sin embargo, cuando llegué descubrí que la zona donde me alojaba quedaba lejos tanto de las playas como del puerto, por lo que tardé un par de días en descubrir la opción de cruzar la ría en ferry hasta Cangas.
Mi primera visita a Cangas fue totalmente improvisada. Caminando por la ciudad terminé de casualidad en el puerto, pregunté horarios y saqué un boleto sin pensarlo demasiado. Claro que no había llevado ropa de playa.

Pero desde que bajé del ferry todo me encantó: el puerto, el paseo marítimo, el aire salado y ese paisaje atlántico tan luminoso y cambiante.


El camino hacia las playas es muy simple porque todo el paseo bordea el mar.

A medida que uno avanza aparecen pequeñas playas una junto a la otra, con arena clara, agua transparente y bares frente a la costa donde la gente parece tomarse la vida con mucha menos urgencia.


La Playa de Rodeira, una de las más conocidas, es amplia, cómoda y muy accesible, lo que la convierte en una de las favoritas tanto de locales como de visitantes.

Más adelante aparecen otras playas algo más resguardadas y tranquilas, algunas con chiringuitos sobre la arena y otras más naturales

Lo mejor de Cangas es justamente esa variedad: podés encontrar sectores familiares y animados o rincones mucho más serenos para simplemente sentarte a mirar el mar.

Como ya era hora de almorzar, me quedé en uno de los restaurantes frente a la playa y después seguí caminando por la costa hasta que llegó el momento de volver a Vigo.


Me gustó tanto el lugar que al día siguiente decidí regresar, esta vez preparada para pasar la tarde de playa.
Por supuesto, ahí entró nuevamente en acción mi karma climático.
El viento empezó a soplar bastante fuerte y la temperatura bajó mucho, aunque el sol seguía pegando con intensidad. Igual insistí. Fui hasta una playa cercana con mi lona —la misma que había comprado en Bilbao— y durante un buen rato observé el mar dudando si meterme o no.

Finalmente me animé. Entré de a poco al agua y sentí literalmente que me estaba metiendo en hielo líquido. Lo máximo que soporté fue hasta las rodillas: parecía que me clavaran cuchillas en la piel. Volví derrotada a mi lona mientras miraba con cierta envidia a unos chicos que jugaban en el agua como si nada.
Por un momento pensé en intentarlo otra vez, pero ya se acercaba la hora de regresar y me imaginé subiendo al ferry mojada, con viento y camino directo a otro resfrío, así que decidí rendirme dignamente.

Antes de regresar al puerto para tomar el ferry de vuelta a Vigo, me dediqué a recorrer las calles del centro histórico de Cangas.

Entre subidas, bajadas y casas de piedra, una remera exhibida en la vidriera de un negocio me causó mucha gracia. Decía «A chorar a Cangas» y me hizo pensar en nuestro «a llorar a la iglesia». Más tarde averigüé que, efectivamente, en Galicia se usa «Vai chorar a Cangas» («andá a llorar a Cangas»).
Su origen parece estar ligado a antiguas historias marineras de la localidad y, después de mi frustrado intento de bañarme en el Atlántico, debo admitir que me sentí un poco identificada. 😊.

Después llegó la hora de tomar el barco de regreso.

Ultimos días de agosto en Vigo
Y como si el clima quisiera cerrar el relato de manera coherente, los días siguientes en Vigo empeoraron todavía más: nubes, lluvia y un ambiente lo suficientemente fresco como para que la idea de pasar el día en la playa dejara de resultar tan tentadora.
Para colmo, mientras yo veía nubes por la ventana, mi amigo me enviaba fotos desde una playa andaluza bañada por el sol. Confieso que en más de una ocasión me pregunté si realmente había elegido bien el destino.

Con el tiempo, llegué a la conclusión de que probablemente también fue una cuestión de fechas. Además, Vigo es una ciudad que me encantó y que tiene mucho que ofrecer, incluso con lluvia; por eso, en otra ocasión escribiré más sobre ella.
Por otro lado, pude comprobar durante esos días que, a finales de agosto, el tiempo suele ser bastante más inestable en esta zona del norte de España. Quizás, para un viaje centrado en las playas, me habría convenido más elegir julio u otro mes. ¡Si algún lector tiene experiencia en el tema, le invito a compartirla!
¿Valen la pena las playas del norte de España?
A pesar de que mi karma playero hizo de las suyas en este viaje, mi respuesta es sí. Porque más allá de los días nublados, el viento, el agua helada y algún que otro cambio de planes, descubrí paisajes espectaculares, playas muy distintas entre sí y rincones que me dejaron con ganas de volver.
Además, las playas del norte de España pueden ser una excelente opción para quienes buscan escapar de las temperaturas extremas del verano o simplemente disfrutan del mar y del paisaje sin que bañarse en el mar siempre sea una condición indispensable.
Sea como sea, Chancelas, Cangas y las Islas Cíes quedaron definitivamente en mi lista de pendientes para una futura revancha. Con el tiempo llegué a la conclusión de que probablemente también se trató de una cuestión de fechas. Por lo que pude comprobar durante esos días, el final de agosto puede ser bastante más inestable en esta zona del norte de España, y quizás para un viaje centrado en las playas me habría convenido más el mes de julio.
Porque si algo me enseñó este viaje es que, por mucho que mi karma con las playas del norte de España insista en llevarme la contra, todavía tengo cuentas pendientes con ellas.




