Que ver en Madrid

Tres días en Madrid de compras y tapas

Transporte desde el aeropuerto · Dónde alojarse · Gastronomía · Compras y más

Fui a España a buscar actas en Galicia y Cantabria para tramitar la nacionalidad española, como conté en mi viaje genealógico.
Madrid no estaba en mi itinerario, pero terminó siendo una escala obligada de mi vuelo con Royal Air Maroc.

En principio pensaba pasar de largo y quedarme solo un par de días al final del viaje, para hacer compras sin cargar peso durante todo el recorrido, ya que tenía referencias de que Madrid es una ciudad ideal para comprar, con muy buena variedad y precios —especialmente viniendo de Buenos Aires, una de las ciudades más caras del mundo..

Además, viajaba estrenando mi mochila viral de compresión, porque luego debía tomar un vuelo low cost y no quería pagar equipaje de mano, lo que reforzaba la idea de dejar las compras para el final del viaje.

Pero, por cuestiones logísticas, el plan se invirtió y terminé pasando tres días en Madrid a la ida y algunas horas a la vuelta.

Por los comentarios que había escuchado, Madrid no me resultaba especialmente atractiva desde lo turístico: muchos decían que se parecía demasiado a Buenos Aires. Aun así, decidí conocer sus clásicos —la Plaza Mayor, la Puerta del Sol, el Museo del Prado, el Parque del Retiro y su Palacio de Cristal— convencida de que no podían ser tan iguales.

Sin embargo, lo que más me entusiasmaba era visitar algunos lugares que había leído en Infoviajera: el Mercado de San Miguel, Primark y, por supuesto, probar el famoso bocadillo de calamar.
Además, venía siguiendo en YouTube a la asesora de imagen española Chincha Rabiña, que suele mostrar las tiendas de la Gran Vía —Zara, Mango y Primark— y cómo armar outfits a precios accesibles. Así que estaba muy ansiosa por darme una vuelta por esas vidrieras.

En resumen, llegué sin un plan definido, con la idea de ver los imperdibles, pero —inconscientemente— mis expectativas estaban puestas en las compras y la gastronomía …y así fue mi experiencia en la capital española.

Cómo llegar del Aeropuerto de Barajas al centro de Madrid

Barajas me recibió con su magnitud casi abrumadora. Para moverse dentro del aeropuerto hay que tomar un subte interno: todo está bien señalizado, aunque entre carteles y escaleras no es difícil desorientarse.
Preguntando y con ayuda del personal —que fue amabilísimo— encontré la Terminal 3, desde donde salen los taxis, Uber y Cabify.
Yo elegí un Uber porque estaba agotada. El viaje hasta La Latina, un barrio encantador y muy cerca del centro, me costó 25 euros y fue la forma perfecta de empezar a bajar el ritmo después del vuelo

Mi alojamiento en La Latina (y el pequeño caos del jet lag)

Me alojé en un departamento reservado por Booking , dentro de un edificio moderno con departamentos individuales y espacios compartidos: cocina, gimnasio, lavadero y una zona de coworking. No había recepción: tanto el check-in como el check-out eran totalmente online. El acceso era mediante un código, uno para el edificio y otro —que recién se activaba a las 15 h del 9 de agosto— para ingresar al departamento.
El detalle es que yo llegué el 8 pensando que ya era 9. Entre el cambio horario, el cansancio del vuelo y el entusiasmo por empezar, perdí la noción del calendario. Cuando el código no funcionaba, creí que el sistema estaba fallando. Después de varios intentos, entendí que el error era mío.
Llamé al número de contacto, pero nadie respondió.
Por suerte, justo enfrente encontré el Hotel Porcell, que tenía habitaciones disponibles. Esa noche dormí ahí, agradecida por haber tenido tanta suerte, y me prometí mirar mejor los calendarios antes del próximo viaje.

Al día siguiente, después de un excelente desayuno buffet, me mudé finalmente al alojamiento original en el barrio La Latina.
Este barrio es un rincón madrileño con alma castiza: calles adoquinadas, bares de tapas en cada esquina,

murales y ese aire bohemio que me recordó mucho a San Telmo

Si bien está relativamente cerca de la Plaza Mayor —a unas diez cuadras—, no está tan pegado a las principales atracciones, así que hay que estar dispuesto a caminar un poco.

La buena noticia es que Madrid está muy bien conectada por metro: la tarjeta de transporte se compra fácilmente en las máquinas expendedoras, que aceptan todos los medios de pago. Cerca del departamento tenía dos estaciones: Puerta de Toledo

y La Latina, lo que hacía muy cómodo moverme por la ciudad.

Plaza Mayor

En mi primer día salí caminando hacia la Plaza Mayor, que me recibió con sus fachadas rojizas

y una cantidad imposible de abanicos.

T

El lugar tiene algo hipnótico: la simetría de los arcos, el bullicio de la gente y ese aire histórico que se respira entre los cafés y los locales de souvenirs.

También descubrí los negocios donde vendían el famoso bocadillo de calamares —nosotros diríamos sándwich de rabas— (abajo foto del restaurante con el cartel de la promoción).

Guardé la idea de probarlo para otro momento, porque todavía estaba llena del desayuno, y seguí paseando sin rumbo, dejando que mis pies eligieran hacia dónde ir

Puerta del Sol

Así llegué a la Puerta del Sol. Al principio no entendía muy bien dónde estaba, porque esperaba ver literalmente una puerta o algún arco que dijera “Puerta del Sol”.
Después de mirar el mapa —con cierta desconfianza hacia Google Maps, lo admito—, me terminé de convencer al ver el famoso cartel del Tío Pepe

y la escultura del Oso y el Madroño

La Puerta del Sol no es una puerta, sino una gran plaza donde pasa y se reúne muchísima gente, tanto locales como turistas.
Y si algún madrileño lee esto: por favor, no se rían de mi ignorancia viajera. Todos tuvimos nuestro primer encuentro con la Puerta del Sol alguna vez. 😅

La Gran Vía

Decidí seguir caminando hasta la Gran Vía. En el trayecto pasé por calles repletas de bares, tiendas

y hasta por el famoso Museo del Jamón, donde el aroma a ibérico parece salir a la vereda.

Finalmente llegué a la avenida más icónica de Madrid: un verdadero desfile de tiendas, teatros y carteles luminosos que hacen que el ritmo no pare nunca.

Pasé por la puerta de 100 Montaditos es una cadena española muy popular, conocida por su carta de pequeños sándwiches (‘montaditos’) a precios accesibles, además de cervezas y tapas rápidas. Suele estar siempre está lleno y es una opción económica para picar algo en Madrid.

Mi objetivo era conocer el Primark más famoso de España, ese del que todo el mundo habla (y que tantas veces vi en los videos de Chincha Rabiña). Entré con la intención de “solo mirar” y, como era de esperarse, me perdí dentro.

Pero también pasé por Mango,

Zara,

Uniqlo y todas las marcas posibles, el tiempo voló. Cuando salí, ya era la tarde y el plan de visitar el Parque del Retiro quedó, literalmente, para otro viaje.

Bocadillo de calamar

Al día siguiente, mi entusiasmo viajero competía con un resfrío traído desde Buenos Aires, que el calor madrileño no ayudaba a mejorar. Con la garganta hecha trizas, sólo tuve fuerzas para llegar hasta la Plaza Mayor, decidida a probar el famoso bocadillo de calamares, al cual acompañé con una caña bien fría:

Como ven, bocadillo en España es un sándwich, en este caso de pan francés con rabas.

Riquísimo pero imposible de comer sin desarmarlo. Terminé comiendo los calamares por un lado y el pan por el otro. ¿Está mal? Si alguien sabe cómo se come correctamente el bocadillo de calamar, que lo cuente, por favor.

Mientras terminaba la cerveza pensaba cuál sería mi próximo paso.

Todavía era temprano para volver al departamento, pero no me sentía con energía para caminar mucho ni tomar el metro. Entonces abrí Google Maps y vi que uno de mis imprescindibles del viaje estaba justo cerca: el Mercado de San Miguel.
Así que tomé ese rumbo, mientras tanto, disfrutaba la arquitectura del centro histórico de Madrid.

Mercado de San Miguel

El Mercado de San Miguel es una joya de la arquitectura del hierro, con una estructura original de principios del siglo XX que combina vitrales, columnas de hierro forjado y un techo de cristal que deja pasar la luz natural. Desde afuera ya llama la atención: elegante, ordenado y siempre lleno de vida.

Apenas entré, me envolvió el ambiente: el murmullo de los visitantes, el tintinear de copas y el perfume de los jamones, mariscos y dulces que se mezclaban en el aire.

Los puestos están prolijamente distribuidos, cada uno con su especialidad:

virutas de jamón de bellota servidas en pequeños conos,

tapas de salmón con queso Filadelfia,

comida tradicional de Galicia

pinchos de camarones y aceitunas

Tapas de camarones y pescados

vermut de grifo, sangría, spritz

Yo tuve curiosidad por probar el vermut de grifo, así que pedí uno seco y me sorprendió gratamente: fresco, equilibrado y perfecto para acompañar las tapas

Después elegí dos opciones deliciosas: una mousse de bacalao con caviar y una tapa de bacalao de La Casa del Bacalao:

Hay de todo: platos tradicionales de toda España, dulces y propuestas gourmet para picar algo rápido o disfrutar sin apuro

.

El Mercado de San Miguel es de esos lugares donde podrías pasar horas, ya sea comiendo, probando distintos vinos o simplemente disfrutando del ambiente que mezcla turistas, locales y curiosos.

Lefties: mi gran descubrimiento

Lefties Madrid – Europa Press

Al salir del Mercado de San Miguel, todavía saboreando el vermouth, seguí caminando sin rumbo fijo. Entre las calles llenas de vida, una vidriera me llamó la atención: Lefties. No sabía qué era exactamente, pero el local tenía varios pisos y una energía que invitaba a entrar. (Se ve que todavía no había visto todos los videos de Chincha Rabiña, donde lo menciona).

Adentro me esperaba una sorpresa: una tienda enorme, con pisos separados por secciones —hombres, bebés, niños, adolescentes y mujeres— y precios tan bajos que no parecían reales. Justo estaban en liquidación por cambio de temporada, así que me hice un festín recorriendo los percheros.

Fui egoísta y me perdí en la sección femenina, dividida por estilos: ropa casual, elegante, deportiva, calzado, accesorios… ¡hasta había un pequeño bar para tomar algo!
Esta vez sí sucumbí a la tentación: me llevé algunas prendas, no tantas porque todavía conservaba la esperanza de viajar solo con mi mochila viral de compresión.

El pago es mediante un sistema de autoservicio, algo enredado al principio, pero las chicas del local fueron muy amables y me ayudaron enseguida.
Sin dudas, Lefties fue mi gran hallazgo de compras en Madrid.

El botellón

Esa noche apagué el aire acondicionado para no empeorar la garganta y dormí con la ventana abierta. Error.
A eso de las dos de la mañana me despertó un murmullo de voces que no paraba de crecer. No eran gritos ni música, sino una multitud hablando al mismo tiempo. Me asomé y vi decenas de jóvenes en la calle, charlando y tomando algo como si fuera pleno mediodía.

Más tarde supe que aquello tenía nombre: el botellón, una costumbre muy española de reunirse al aire libre para beber y conversar.
Mientras los miraba desde la ventana, pensé que esa escena —caótica, ruidosa y tan viva— era, en el fondo, otra forma de conocer la ciudad.

Último día de la primer parte de mi viaje a Madrid

El calor era insoportable y mi voz ya sonaba como una radio antigua. Es por eso que decidí dedicar el día a las compras antes de seguir viaje: no tenía fuerzas para caminar mucho ni subirme al metro. Además, sabía que a la vuelta solo iba a tener unas horas en Madrid y quizás no me alcanzara el tiempo para volver por todas esas cosas que había mirado de pasada y que me quedaron rondando la cabeza desde el primer día.

Así que sacrifiqué sin culpa el Museo del Prado, el Palacio Real, el Parque del Retiro e incluso el atardecer en el Parque de las Siete Tetas (que me había recomendado el chofer del Uber), y me entregué por completo a una jornada de shopping en Primark.
¡No me juzguen, por favor! 😅

Primark

Ya conocía el de Londres y sabía que era mi perdición. Pero no pude evitarlo. Por más que muchos critiquen la calidad de los productos, a mí me parece aceptable: tienen buen diseño y precios difíciles de superar. Además, era época de ofertas de fin de temporada, y el sector de ropa de bebés fue, esta vez fue mi punto débil debido a que hubo nacimientos en la familia.

El Primark de la Gran Vía es un espectáculo en sí mismo: cinco pisos enormes, vidrieras iluminadas, escaleras de vidrio y miles de prendas, accesorios y artículos de decoración.

Primark, La Gran Vía, Madrid, España

Conclusión: terminé cargada como un ekeko, con tanta ropa que tuve que comprarme una valija extra para poder seguir viaje.
Spoiler: tuve que despachar la valija en mi vuelo low cost, abonando aparte… así que ya no resultó tan “low cost”.
Pero al menos mi fiel mochila de compresión al vacío hizo su trabajo: subí al avión sin pagar equipaje de mano.

Paella y nuevos amigos

Esa noche salí a caminar por La Latina en busca de un lugar para cenar y encontré un restaurante que parecía prometedor: todas las mesas de la vereda estaban ocupadas.

Me decidí a entrar

Mientras ojeaba la carta para decidir qué cenar, pedí una cervecita para arrancar. Al rato me trajeron unas aceitunas y una pequeña tapa de cortesía .

Finalmente me decidí por la paella. Pregunté si podían servir media porción, porque era solo para mí, y por suerte me dijeron que sí, para acompañar, pedí una copa de vino blanco.

Mi plato llamó la atención de los que estaban en la barra: me miraban, asentían y alguno hasta levantó el pulgar, como diciendo “bien elegido”. La charla se dio sola y, cuando terminé la paella, me pasé a la barra a bajarla con un par de cervecitas más. Entre risas y buena onda, intercambiamos teléfonos y hasta me invitaron a una fiesta del barrio pero como tenía que tomar un micro a Santander al día siguiente, preferí dormir.

A la mañana siguiente me desperté con mensajes en tono de broma: “¡Estamos mayores, no puedo creer que te fuiste a dormir!”. Y… puede que algo de razón tuvieran. Pero lo cierto es que pocas veces me sentí tan cómoda y bienvenida: la calidez de la gente madrileña es realmente encantadora.

La mañana del check-out: calor, valijas y la espera antes del micro

Al día siguiente me tocó hacer el check-out del departamento. Como es habitual, tenía que dejar la habitación a las 11, y mi micro a Santander recién salía a las 15 desde la Terminal 3 de Barajas. Así que me esperaba una larga espera… con valijas y en pleno agosto madrileño.

Para hacer tiempo, me quedé un rato en la sala de estar del edificio, en un sillón comodísimo, con aire acondicionado y televisión. Con ese calor insoportable, salir a la calle antes de lo necesario era un deporte extremo.

Cuando se acercó la hora del almuerzo me animé a poner un pie afuera, cargando mi nueva valija de Primark y la mochila a punto de explotar. Para mi mala suerte, casi todo estaba cerrado. Solo había un barcito abierto, pero con todas las mesas ocupadas. Por suerte, el restaurante de enfrente levantó la persiana justo en ese momento (ya eran cerca de las 12) y entré directo.

Pedí una ensaladilla de cangrejo —fresca y riquísima—resultó ser un grato descubrimiento: nunca la había probado y terminó convirtiéndose en uno de mis platos preferidos en España.

Después de almorzar pedí un Uber rumbo a Barajas (otros 25 euros).

La Terminal 3 me recibió igual de grande y bulliciosa que la primera vez: pasillos interminables, pantallas por todos lados y mucho movimiento.

Entre fotos, aire acondicionado y una botella de agua bien fría, esperé tranquila hasta que llegó la hora de embarcar rumbo al norte.

Mi segunda pasada por Madrid

Volviendo de Cantabria y Galicia —después de mi viaje genealógico en busca de actas para la ciudadanía española— pasé apenas unas horas más en Madrid antes de seguir viaje.
Esta vez me alojé sobre la Gran Vía, a pocos pasos de la Plaza del Callao, una de las zonas más animadas y vibrantes de la ciudad.

Plaza del Callao

La Plaza del Callao es pura energía: teatros, cines, tiendas, terrazas y esos carteles luminosos que le dan un aire de pequeño Times Square madrileño.

Vibra de día y de noche, y es ideal para caminar sin rumbo, tomar algo al aire libre o asistir a algún musical.

Me pareció un lugar perfecto para despedirme de la ciudad con otra mirada, más relajada y nocturna.

Primor

Después de dejar el equipaje en el hotel salí a caminar con una cartera pequeña —prometiéndome a mí misma que no iba a comprar nada— para disfrutar mi último rato en Madrid.
Doblé por una peatonal cercana, casi anocheciendo

Y de repente apareció un local que brillaba como un palacio: mármol blanco, detalles dorados

Me acerqué atraída por los brillos y vi que se trataba de un local de Primor

No pude resistirme a entrar, tres pisos repletos de perfumes, cosméticos y skincare. La idea era “solo a mirar” (otra vez) y salí con una bolsa: un perfume para mi compañero y algunos productos para mí.

Es que realmente su slogan de «Grandes marcas, pequeños precios», se cumple.

Madrid 2 – Autocontrol 0.

Tapas y sangría

Con el sol cayendo, busqué un lugar tranquilo para cenar algo liviano y típico antes de partir. Me senté en una terraza con vista a la calle y pedí sangría, no quería irme de España sin probarla:

luego una tapa de pimientos de Padrón y tortilla

A mi lado, un grupo de brasileños me preguntó si la sangría estaba buena. “Excelente”, respondí. Una de las chicas siguió mi consejo y terminó pidiéndose una.
Entre risas y portugués improvisado, la conversación fluyó mientras pedi una tapa más, esta vez de salmón, para cerrar la noche.

Esa fue mi despedida de Madrid: una noche cálida, animada y alegre, con ese espíritu fiestero que hace que la ciudad nunca duerma.

Conclusión

No llegué a ver todos los lugares que tenía en la lista —me quedaron varios pendientes, buena excusa para volver— y estoy segura de que, sin el calor extremo y la gripe, habría podido recorrer mucho más.

Pero terminé disfrutando Madrid de otra manera: como una ciudad cosmopolita, cálida y vibrante, ideal para los amantes de las compras, la buena gastronomía y la diversión.

Madrid, sin dudas, es una ciudad para vivirla… y repetirla.

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